En las décadas del 50, 60 y aun 70, para poder acceder a un humor procaz, lindante con lo escatológico, era preciso concurrir a los teatros de revista. En dichos ámbitos, Adolfo Stray, Pepe Arias, Dringue Farías y José Marrone, entre otros, llevaban la delantera. Los parlamentos chabacanos se adornaban con el desfile de vedettes que hicieron historia: Nélida Roca, Zulma Faid, Ethel Rojo, Nélida Lobato, etc. En televisión, todo era más recatado. Debía esperarse hasta las 22, hora en que el estilo vulgar cobraba vida. Claro que tímidamente. Era el momento en que vencía el horario de protección al menor. Hoy, este mensaje sigue vigente pero constituye un eufemismo. No divide aguas porque todo transcurre en un océano de transgresiones. Mientras en la prensa escrita todavía se cuidan las formas, en radio y televisión la ramplonería campea y el modo de expresarse, incluso en comunicadores de insospechada cultura, carece de trabas. No hay cuestión vedada ni asunto escabroso que no pueda abordarse. Esos desvíos orales, que degradan el idioma y perjudican a los menores que están en edad de aprenderlo, llevaron al Maipo y a El Nacional, templos del desliz, a la desaparición de manera irremediable. Asistimos a una virtual competencia. Sobre todo en los medios audiovisuales. Décadas atrás, sería impensado promocionar y jactarse de una obra teatral “de mierda”. Es probable que el redactor publicitario, autor del giro, sí lo haga. Hoy, por lo visto, esa modalidad convoca público y alimenta recaudaciones. Hasta los políticos, en general decorosos, se apostrofan en el Congreso y en programas periodísticos. Ni en Balbín ni en Frondizi, tampoco en Alfonsín y el propio Perón, para apelar a figuras opuestas y de amplio espectro, la ordinariez jamás ocupó un lugar en sus léxicos. Para colmo, en la cima del poder, anida un presidente que dicta cátedra y pugna por ganar el liderazgo. Muchos, incluso de su propia tropa, no logran disimular molestias. Pero la obediencia debida no perdona y obliga. Los ajenos al elenco oficial deberían censurar el estilo poco edificante de Milei. Añadirle, asimismo, el anhelo de que se revierta lo antes posible.

Alejandro De Muro                      

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